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En una calle tranquila, un hombre bien vestido se detuvo frente a otro que parecía perdido en sus pensamientos. Con un gesto seguro, sacó un billete de su billetera y lo ofreció, invitándolo a acompañarlo a su departamento. Intrigado, el otro aceptó sin hacer demasiadas preguntas.

Una vez en el lugar, las supuestas tareas que debía realizar resultaron ser simples pretextos. Una copa de vino marcó el inicio de una conversación que pronto se volvió íntima. Las miradas cargadas de intención llenaron el espacio, creando una tensión palpable. Sin necesidad de palabras, ambos se entregaron a una pasión desbordante que los envolvió por completo.

 

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