El arte de perderse: cuando no tener rumbo también es un destino
Hay una idea que inquieta a muchos: la de no saber exactamente hacia dónde vamos. Desde pequeños, nos acostumbran a planificar, a tener metas claras, a definir objetivos que justifiquen cada paso que damos. En la escuela nos preguntan qué queremos ser de grandes, como si una sola respuesta pudiera guiarnos el resto de la vida. Sin embargo, a medida que crecemos, descubrimos que la incertidumbre no es un fallo del sistema, sino parte de la experiencia humana. En un mundo que exige certezas, perderse puede ser un acto de libertad.
Perderse no implica necesariamente una falta de dirección, sino una suspensión del control. Puede tratarse de un viaje sin mapa, una conversación que toma un giro inesperado, o una etapa de la vida en la que no sabemos cuál será el próximo movimiento. En esos momentos, muchas personas sienten ansiedad, como si estuvieran fallando por no tener un plan. Pero lo cierto es que esos intervalos son también fértiles. En la confusión, pueden nacer nuevas pasiones, caminos imprevistos o una comprensión más honesta de uno mismo. El caos, en ocasiones, es el caldo de cultivo de la creatividad.
La presión por saber siempre qué hacer a continuación puede agotarnos. Vivimos en una época donde la eficiencia se ha convertido en virtud y el tiempo ocioso se percibe como un lujo culpable. Sin embargo, no todas las respuestas se encuentran en la lógica del hacer. A veces, detenerse —o incluso desorientarse— es lo que nos permite percibir señales que antes ignorábamos. Caminar sin destino por una ciudad desconocida, tomar una ruta alternativa al trabajo, o simplemente dejar que el día transcurra sin mayores planes puede darnos una perspectiva distinta. Es allí donde emerge lo inesperado, donde se reconfigura el deseo.
No se trata de glorificar el desorden ni de romantizar la falta de dirección como una forma permanente de vida. Pero sí de entender que el camino más directo no siempre es el más enriquecedor. Hay quienes descubren su vocación después de haberse perdido varias veces. Otros, al alejarse de lo que creían seguro, encuentran lo que realmente les hace vibrar. Es en ese tránsito, en esa aparente deriva, donde la vida a veces revela su lado más auténtico. Las decisiones más importantes, en muchos casos, no surgen de la estrategia, sino del azar, del error, o de una intuición difícil de explicar.
Aprender a perderse sin pánico es una forma de madurez. No todo debe tener un propósito claro desde el inicio. Como en el arte, el proceso también importa tanto como el resultado. La belleza de no tener rumbo no está en permanecer para siempre en el extravío, sino en aceptar que la brújula puede fallar, que la niebla es parte del paisaje. Y que, tal vez, perderse no sea lo contrario de encontrarse, sino solo el primer paso hacia una forma distinta de estar en el mundo.
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