Agua: La Memoria del Mundo
El agua es más que un compuesto químico. Es la sustancia que susurra en las raíces del mundo, la que corre por los huesos del planeta y del cuerpo humano. Desde el primer latido del universo hasta la lágrima más íntima, el agua ha estado allí: observando, absorbiendo, recordando. Es un elemento que fluye entre la ciencia y el mito, entre la superficie y el abismo. Decir que el agua tiene memoria es un eco antiguo que ha vuelto a resonar en los laboratorios modernos, pero también en la conciencia poética de quienes la contemplan con atención. El agua, quizás más que cualquier otro elemento, parece estar viva.
En muchas culturas, el agua es símbolo de origen. En la mitología egipcia, el caos primordial era un océano llamado Nun. En el Génesis judeocristiano, el Espíritu de Dios se movía sobre las aguas. En las cosmologías mesoamericanas, el mundo emergía de un mar infinito. Esta idea de que el agua es el inicio de todo no es solo un arquetipo espiritual: también es un hecho biológico. Toda forma de vida conocida necesita agua para existir. El cuerpo humano está compuesto en su mayoría por agua. Nuestras lágrimas, nuestra sangre, nuestro sudor: todos son lenguajes líquidos que nos conectan con la esencia misma de estar vivos.
Más allá de su importancia vital, el agua posee una capacidad inquietante de reflejar estados internos. El mar agitado, el río tranquilo, la tormenta, la lluvia suave: cada una de estas formas acuáticas tiene un correlato emocional. No es casualidad que tantos artistas hayan recurrido al agua como símbolo de lo inconsciente, lo femenino, lo mutable. Carl Jung hablaba de los sueños con agua como manifestaciones del alma sumergida. En la literatura, el agua es un umbral, un espejo, una tumba o una promesa. Pensemos en Ofelia flotando entre flores, en Ulises perdido entre las olas, en los náufragos de la modernidad digital que, pese a estar conectados, a menudo se sienten hundidos.
También hay en el agua una paradoja esencial: es fuente de vida, pero también de destrucción. Inunda, erosiona, ahoga. En tiempos de cambio climático, el agua vuelve a ser protagonista, y no siempre de forma benevolente. Subidas del nivel del mar, huracanes, sequías extremas. La humanidad se enfrenta ahora a la rebelión de un elemento que, durante siglos, dio por sentado. El agua recuerda. Cada químico vertido, cada glaciar derretido, cada delta arrasado queda registrado en su flujo. Y como un organismo herido, empieza a mostrar signos de dolor.
Sin embargo, el agua también enseña. Enseña a adaptarse, a fluir, a encontrar grietas por donde pasar. Nos invita a limpiar, a soltar, a renacer. Beber agua es un acto de supervivencia, pero también de comunión con algo más vasto. Mirar un río, sumergirse en el mar, escuchar la lluvia en el techo: son formas de reconectar con lo esencial, con lo que no tiene forma fija pero nos sostiene. Tal vez el gran secreto del agua no sea su memoria científica, sino su capacidad de hacernos recordar quiénes somos realmente.
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