704 - UNA TARDES PARTICULAR


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El bolso: más que un accesorio, una extensión del yo

El bolso, tal como lo conocemos hoy, es un accesorio aparentemente cotidiano, pero su origen es mucho más antiguo y su evolución, sorprendentemente simbólica. Los primeros bolsos surgieron como simples contenedores de tela, cuero o mimbre para llevar objetos esenciales. Ya en el Antiguo Egipto, los hombres utilizaban pequeñas bolsas sujetas al cinturón para transportar semillas u ofrendas. En la Edad Media, los monjes y peregrinos también portaban bolsas al cinto, y se las consideraba un objeto de necesidad, no de moda. Curiosamente, durante siglos fue común que fueran los hombres quienes los llevaban, hasta que el desarrollo del vestuario femenino comenzó a asignarles otra dimensión, mucho más cargada de diseño y significado.

Con la llegada del siglo XIX, y particularmente con los cambios en la indumentaria femenina, el bolso empezó a transformarse en una herramienta de emancipación. Las mujeres que empezaban a salir solas de casa —para leer, estudiar, comprar o trabajar— necesitaban un lugar donde llevar dinero, llaves y objetos personales. En ese contexto, el bolso se volvió un símbolo silencioso de independencia. Los diseños comenzaron a variar según la ocasión: de mano, de hombro, de noche. Y con la irrupción de las grandes casas de moda europeas como Hermès, Chanel o Louis Vuitton, el bolso dejó de ser simplemente útil para convertirse en una pieza de lujo, deseo y, a menudo, en un marcador de estatus social. En algunos casos, como con el famoso “Kelly” de Hermès, se volvió tan icónico que una sola prenda podía decir más que todo el atuendo.

Pero el bolso también ha sido escenario de batallas culturales. En los años 60 y 70, con la segunda ola del feminismo, muchas mujeres renegaron del bolso como símbolo de lo que la sociedad esperaba que llevaran consigo: maquillaje, pañuelos, adornos. El bolso pasó a ser, para algunas, un recordatorio de los roles impuestos. Otras, en cambio, lo reivindicaron como una extensión de la identidad: un territorio propio que nadie más podía explorar sin consentimiento. Incluso en la actualidad, su contenido suele mantenerse como un espacio privado, casi inviolable, a diferencia del bolsillo masculino. Esta idea de lo secreto, lo íntimo, lo portátil, lo convierte en una suerte de diario sin palabras.

En paralelo, la industria del bolso ha explotado en creatividad. Existen bolsos con formas inusuales, temáticos, ecológicos, artesanales, tecnológicos. Algunos modelos se han convertido en objetos de colección con listas de espera de años y precios que rivalizan con autos de lujo. Otros, en cambio, sirven de lienzo para el diseño local y la innovación sustentable. En el mundo digital, los microbolsos se volvieron virales, y los bolsos vintage han adquirido nueva vida como símbolo de nostalgia chic. Las redes sociales han amplificado este fenómeno, convirtiendo al bolso no solo en un accesorio, sino en una declaración pública de gusto, poder adquisitivo, e incluso ideología.

Hoy, el bolso sigue siendo muchas cosas a la vez: contenedor, escudo, adorno, símbolo. Puede ser invisible o deslumbrante, funcional o poético. Pero en cualquier caso, revela mucho sobre la relación que cada persona tiene con su mundo interior y exterior. Porque si hay un objeto que acompaña cada paso, que guarda secretos, que se adapta a todos los escenarios posibles y que evoluciona con cada generación, ese es el bolso. Un accesorio, sí, pero también un espejo.

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