ML - 669 - UNA TARDE CON ANTHONY


ENLACES DE DESCARGA:













Lo que ocultamos cuando decimos que estamos bien

“Estoy bien” es una de las mentiras más elegantes del mundo emocional. La decimos casi sin pensar, como un reflejo automático, como una fórmula de cortesía para evitar explicaciones. La soltamos cuando no queremos preocupar a nadie, cuando no tenemos energía para traducir lo que sentimos, cuando ni siquiera sabemos cómo ponerle nombre a esa mezcla de cosas que nos habita. A veces lo decimos para protegernos. A veces para proteger a los demás. “Estoy bien” no siempre significa paz, calma o estabilidad. Muchas veces quiere decir “no quiero hablar de esto”, “no sé cómo empezar”, o simplemente “no puedo desbordarme aquí y ahora”. Y detrás de esa frase, tan simple y tan universal, se esconden batallas íntimas, duelos en silencio, pensamientos que pesan más de lo que aparentan.

Hay días en los que uno se maquilla el alma para salir al mundo. Se pone la mejor sonrisa, responde los mensajes con emojis felices, cumple con las tareas, sonríe en las fotos. Y nadie lo nota. Porque hemos aprendido a funcionar aun cuando estamos rotos por dentro. Hemos normalizado vivir con ansiedad, con dudas, con tristeza, con ganas de desaparecer por un rato. Y el mundo aplaude esa capacidad de seguir adelante, de ser “fuertes”, de no molestar. Pero en esa dinámica, a veces nos olvidamos de pedir ayuda, de ser vulnerables, de admitir que no podemos con todo. No porque seamos débiles, sino porque somos humanos. Y a veces ser humano duele más de lo que quisiéramos.

Ocultamos mucho en nombre de la estabilidad. El cansancio emocional, la sensación de no encajar, el miedo a decepcionar. Nos guardamos los gritos, las lágrimas, las noches en vela. Y no siempre es porque nadie quiera escucharnos. A veces somos nosotros quienes no sabemos cómo abrir esa puerta. Porque nos da vergüenza mostrarnos rotos. Porque tememos no ser comprendidos. Porque el juicio, aunque sutil, pesa. Decimos “estoy bien” cuando lo que queremos es un abrazo, una mirada que nos sostenga, una voz que diga: “no hace falta que finjas conmigo”. Y en ese gesto de contención honesta puede haber más cura que en cualquier consejo.

Es curioso cómo a veces necesitamos que otro se atreva a decir “yo no estoy bien” para animarnos a hacer lo mismo. Porque cuando alguien habla desde su verdad emocional, nos da permiso para hacer lo propio. Se rompe el pacto del silencio. Y entonces, sin máscaras, empezamos a construir vínculos más reales. Más que soluciones, buscamos espacios donde sentirnos escuchados. Más que respuestas, buscamos compañía. A veces solo necesitamos saber que no estamos solos con todo eso que cargamos por dentro. Y aunque parezca poco, eso puede ser suficiente para que el día no se sienta tan pesado.

Decir “no estoy bien” no es una caída, es un acto de valentía. Es elegir mostrarse, aún con las grietas abiertas. Es recordar que no tenemos que tener todo resuelto para ser dignos de amor, de compañía, de comprensión. Y aunque no siempre encontremos las palabras, aunque a veces cueste admitirlo, siempre habrá alguien —una persona, una página, un abrazo— que pueda sostenernos un rato mientras aprendemos a sostenernos de nuevo. Porque estar mal también es parte del camino. Y solo cuando lo aceptamos, podemos empezar a estar realmente bien.


Comentarios