Niebla: El Arte de Desdibujar el Mundo
La niebla es un fenómeno que borra las certezas. Cuando desciende sobre una ciudad, un bosque o un campo, transforma lo conocido en misterio, lo evidente en algo apenas intuido. Es como si el mundo, por un momento, decidiera callar, cubrirse, esperar. No hay anuncio de su llegada, solo una sensación: el aire se espesa, la luz cambia, los sonidos se amortiguan. La niebla no cae como la lluvia ni sopla como el viento; se desliza, se posa, se instala con una elegancia discreta que la hace más poética que cualquier otro estado del clima. Su presencia no es solo visual: se siente en la piel, en los pulmones, en el ritmo alterado de quien camina entre sus pliegues. La niebla desordena la distancia, borra las líneas, convierte una calle habitual en un lugar nuevo, casi irreal. Bajo su velo, todo es más lento, más íntimo, más propenso a la reflexión.
En las ciudades, la niebla transforma lo cotidiano en algo cinematográfico. Los postes de luz se convierten en faros flotantes, los autos avanzan como sombras, los pasos de los transeúntes parecen más pensados, como si cada movimiento tuviera que negociarse con lo invisible. En los campos, la niebla parece tener memoria. Se enrosca entre los árboles, acaricia la hierba, se posa en los alambres de los cercos como un susurro que no quiere irse. En la montaña, la niebla es dueña del tiempo. Puede ocultar un paisaje entero y devolverlo poco a poco, revelando una cumbre, un risco, una flor al borde del abismo. Y en la costa, danza con el mar, haciéndose bruma, suspiro, espuma suspendida.
Pero más allá de su presencia física, la niebla tiene un lenguaje simbólico. En la literatura y en el cine, es el lugar de lo incierto, de lo que no se puede definir. Un personaje perdido en la niebla suele estar también perdido en su interior, buscando claridad, sentido, dirección. La niebla es el terreno de lo onírico, de lo ambiguo, de lo que se escapa a la lógica. Es el velo entre dos mundos, entre lo real y lo imaginado. También es un símbolo de transición: precede al amanecer, sigue al anochecer, anuncia un cambio que está por ocurrir. Caminar en la niebla es caminar en el límite, y por eso a veces se convierte en metáfora de la vida misma: nunca se ve del todo claro, pero seguimos avanzando.
No todas las personas disfrutan de la niebla. Algunos la encuentran opresiva, incluso peligrosa. Hay quienes no soportan no ver el horizonte, no saber lo que viene a pocos pasos. Pero para otros, la niebla es una invitación a mirar de otra manera, a confiar en otros sentidos, a aceptar la incertidumbre como parte del camino. En la niebla, las prioridades cambian: ya no se trata de llegar rápido, sino de avanzar con atención, con pausa, con cuidado. La niebla exige presencia, porque nos obliga a estar aquí, ahora, sin el mapa completo.
Tal vez por eso, cuando la niebla se levanta y el mundo reaparece, algo ha cambiado. No solo el paisaje: también la mirada. Lo que se recupera después de la niebla no es exactamente lo que se perdió, porque en ese intervalo difuso aprendimos a ver de otro modo. Y eso, en sí mismo, es una forma de revelación.
Comentarios
Publicar un comentario